Opinión

Basta de palabras, llegó el momento de comprometerse con la unidad de los argentinos

 

En su mensaje del 9 de julio, el presidente Alberto Fernández comunicó la siguiente frase: “Yo vine a terminar con los odiadores seriales y a abrir los brazos para que todos nos unamos en busca de ese destino común”. Desde la historia nos desafían nuestros próceres: “Miren adonde llegamos desde la nada ¿Cuándo comienzan ustedes?”

Esto sucedió justamente, el 9 de julio pasado, cuando se cumplieron los 204 años de la Declaración de la Independencia. Que representa, ni más ni menos, el acta fundacional de lo que se denominó, en ese entonces, como Las Provincias Unidas de América del Sud. Nos metemos en la historia para que la tomemos como ejemplo y aprendamos a resolver los serios problemas que no nos dejan avanzar como nación. Vale señalar que esta es la fecha más importante de nuestra fundación. En el 25 de mayo de 1810, solamente se decidió mantener la dependencia con Fernando VII que había abdicado a la corona española por exigencia de Napoleón Bonaparte que, por esos tiempos, había invadido y dominado a la península. Los criollos, a partir de entonces fueron, de a poco, y con distintas ideas, tratando de construir una identidad. Ya entonces, una grieta enorme nos dividía. Unitarios y Federales, eran los bandos. Que se odiaban y confrontaban tanto como ahora. Eran otros tiempos, pero la falta de unidad e identidad nacional ya estaba presente. Así, a los ponchazos y como se podía, habían comenzado las escaramuzas contra las fuerzas realistas porque estaba germinado la semilla independentista de la corona española. Los ejércitos realistas ofrecían gran resistencia y los criollos enfrentaban no solo a ellos. También a las rencillas internas, los problemas económicos y definir cuál era el objetivo de nación que se intentaba instalar. Nacimos con problemas parecidos a los actuales. Hasta que deciden realizar el Congreso de Tucumán para definir estas cuestiones.

Cuando se depone a ‎Carlos María de Alvear, el 15 de abril de 1815, al cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y asume el director interino Ignacio Álvarez Thomas, este inicia el proceso de armar una reunión para acordar las acciones a seguir de allí en adelante.                                    Entonces el nuevo Director Supremo, envió una circular a todas las provincias para que elijan a los diputados que irían a representarlas en un congreso que se realizaría en Tucumán. El 24 de marzo de 1816, se inaugura el Congreso de Tucumán con la presencia de 28 diputados de todas las provincias con excepción de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y la Banda Oriental. Desde el centralismo de Buenos Aires hasta el concepto del federalismo que imperaba en la mayoría de las provincias del interior, había una gran diferencia en los conceptos y era necesario decidir cual sistema prevalecería para constituir la nueva nación que estaba por nacer. Se presentó un temario, que fue aceptado por todos. Los términos del mismo fueron los siguientes: Comunicarse con todas las provincias para insistir en la necesidad de unión y así enfrentar al enemigo externo/Declarar la Independencia/Discutir la forma de gobierno más conveniente para las Provincias Unidas/Elaborar un proyecto de Constitución/Preparar un plan para apoyar y sostener la guerra en defensa.

Los diputados de aquella época, estuvieron tres meses y medio viviendo en Tucumán. A la cual llegaron, luego de largas travesías en carretas, durante varios días, por los caminos de tierra de nuestro suelo. Largos debates se llevaron a cabo y el 9 de julio, por fin se proclama la Independencia y se constituyen las Provincias Unidas del Sud.

Estamos, después de 204 años, en un momento parecido. Las desventuras y errores cometidos durante larguísimas décadas de desencuentros, nos llevaron a esta realidad. De la cual únicamente saldremos cuando encontremos los representantes con las suficientes condiciones y la vocación de servicio para dejar de lados a sus intereses partidarios y personales y ofrecer un poco de sentido común para interpretar la necesidad imperiosa de desarmar la grieta y los odios, para construir la unidad que nos lleve a consensuar las políticas de Estado que nos pongan de pie. A partir de esa definición, las soluciones se pueden encontrar. Pareciera que en el presidente hay alguna intención de llamar a los acuerdos.

Para unirnos es necesario sacrificar ideologías y objetivos que no incluyan a la totalidad de los espacios y las personas que los integran. Es comprensible la actitud del presidente, en medio de la fogosidad de la confrontación, que quiera excluir a los extremos de ambos lados y quedarse con los acuerdos entre moderados. Es el camino más fácil, pero no el definitivo. Porque los extremos se dividen a la mayor parte de la población. Entonces, de lograrse el consenso, sería de unos pocos. No serviría de mucho porque los adherentes serían poco representativos ante los ciudadanos y los dirigentes. Faltaría fuerza. El consenso debe hacerse desde las dirigencias, junto a los representantes de las instituciones productivas, sociales y religiosas de la toda la nación. Sin exclusiones. Desde allí hacia el pueblo. Para lograrlo hay que comprometer a los “extremos” para ofrecerle que definan su actitud frente a la convocatoria.

Poner en el exacto lugar lo que ella representa y la imperiosa necesidad de realizarla. De una vez por todas, empezar como corresponde, a sentar las bases para resolver los temas centrales pendientes desde hace muchos años. Es la única salida que nos queda, por las pésimas condiciones que estamos. Ponernos de pie y solucionar lo que no pudimos en casi un siglo. De esta manera, los extremos, decidirán si acompañan o no a la reconstrucción nacional. Tendrían la posibilidad de ser parte colaborando o abstenerse y desaparecer políticamente. No participar significa que prevalece en ellos el interés personal y no el del Estado de Bienestar para la nación y los argentinos.

El pueblo tiene el poder. Será juez y testigo. De esa forma premiará o castigará. Por eso, es buena la referencia a la historia. Es necesario largos debates para evaluar los caminos que nos lleven a estructurar un nuevo modelo de estado. De acuerdo a las posibilidades y los avances tecnológicos, sociales y productivos de esta época. Pero con la misma convicción y sacrificio de aquellos de 1816. Se partía de cero y no existía prácticamente nada. Desde allí lograron convertir a esta Nación, a fines del siglo XIX hasta la primera guerra mundial, en uno de los 10 países más desarrollados del mundo. En el año 1895 Argentina ocupaba el primer lugar en el ranking mundial del PBI per cápita con 5.786 dólares, segundo Estados Unidos y tercero Bélgica. ¿Qué fue lo que hicimos mal para descender tan abajo? Cuando los hombres de buena voluntad se decidan a resolverlo, vamos a tener una respuesta. Un diagnóstico, posteriormente, las soluciones. A las cuales se llegará debatiendo, analizando, cambiando y acordando todas las propuestas que se presenten.

Por Francisco Grillo

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